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Vivir sin letrero

El discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunciado el pasado martes 20 de enero en el Foro Económico en Davos, Suiza, constituye un acto de ruptura simbólica: la renuncia explícita a seguir fingiendo que el “orden internacional basado en normas” sigue operando como se pregona. En ese gesto reside su mayor fuerza. Carney no promete restauración ni retorno; ofrece algo más áspero: honestidad estratégica.

Al recurrir a Václav Havel, Carney traslada al plano de la geopolítica contemporánea una intuición moral clave: los sistemas no se sostienen solo por coerción, sino por la participación cotidiana de quienes saben que esa diatriba es falsa. El “letrero en la ventana” –el orden basado en normas, la globalización benévola, la neutralidad del comercio– ha sido durante décadas el ritual que las potencias medias aceptaron representar.

Con precisión Carney afirma que no estamos ante una transición, sino ante una ruptura. Esa frase marca distancia tanto del optimismo tecnocrático como del catastrofismo. La integración global se ha convertido en una fuente de vulnerabilidad estratégica. El comercio, las finanzas y las cadenas de suministro ya no son solo instrumentos de eficiencia, sino armas de presión. Así, “vivir dentro de la mentira” (Havel dixit) deja de ser pragmatismo y se convierte en ingenuidad peligrosa.

Sin embargo, el discurso no deriva hacia el repliegue nacionalista. Carney es cuidadoso en advertir que un mundo de fortalezas sería más pobre, más frágil y menos sostenible. Su propuesta: un realismo basado en valores, que busca navegar entre dos extremos: el multilateralismo ingenuo sin capacidad coercitiva y el “transaccionalismo” crudo de las grandes potencias.

Para Carney, la soberanía ya no puede descansar en normas que no se hacen cumplir, sino en capacidades reales; pero esas capacidades no tienen por qué construirse en soledad. Las potencias medias pueden compartir costos, coordinar esfuerzos y generar redes de cooperación. No se trata de revivir el viejo multilateralismo, sino de practicar una “geometría variable” de coaliciones funcionales.

Este planteamiento tiene una implicación política de gran calado: cuando los países intermedios negocian solos frente a una potencia hegemónica, no ejercen soberanía, la representan. En su visión, la verdadera autonomía no surge del acomodo bilateral, sino de la acción colectiva entre quienes, individualmente, carecen de masa crítica suficiente.

El discurso es más un marco de orientación que un programa cerrado. Su fuerza no está en la lista de acuerdos comerciales o inversiones anunciadas, sino en la redefinición del problema: el mayor riesgo para las potencias medias no es elegir mal entre grandes potencias, sino seguir fingiendo que no hay que elegir nada.

Carney cierra con una frase categórica: “La nostalgia no es una estrategia”. Es una advertencia pertinente para países que construyeron su política exterior sobre la inercia de un orden que ya no existe. El mensaje es claro: el poder de las potencias medias no reside en su capacidad de agradar, sino en su disposición a nombrar la realidad, reducir sus vulnerabilidades y actuar juntas: “Ya no dependemos únicamente de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza”, concluye.

@Ismaelortizbarb

 

 

NH/I

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