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Sin alivio

Hay decisiones que no llegan con alivio. No ordenan el mundo ni traen calma inmediata. Llegan como una certeza incómoda: algo ya no se puede sostener sin empezar a fallarse a una misma. No hay épica en eso. Solo un punto final que nadie aplaude.

Durante mucho tiempo pensé que lo difícil era entenderme. Nombrar el cansancio, rastrear su origen, explicarme una y otra vez por qué algo no funcionaba. Creí que la claridad traería descanso. Me equivoqué. Porque hay un momento posterior, menos amable, en el que ya no se trata de comprender, sino de asumir las consecuencias de haberlo hecho.

Decidir no es huir. Tampoco es liberarse. Es quedarse con lo que queda cuando ya no hay marcha atrás: el temblor, la culpa que no se disuelve por ser honesta, la memoria de lo compartido. Nada desaparece solo porque una haya elegido. El afecto no se evapora, el pasado no se vuelve falso, el dolor no se vuelve ilegítimo.

Separarse de una vida construida no implica negar lo vivido. No borra los afectos ni invalida lo que sí fue real. Precisamente por eso pesa. Porque no hay un relato fácil que explique el final. No hubo un quiebre espectacular.

Me fui convirtiendo en desgaste. Me fui convirtiendo en distancia silenciosa. Hubo un yo que empezó a perderse ya sin hacer ruido, porque el ruido ya lo había hecho mucho antes.

Lo más duro no fue reconocer que ya no podía. Fue aceptar que no necesitaba justificarlo mejor. Que no había una suma de argumentos capaz de volver esto indoloro. Que el deseo de irse no se vuelve más legítimo por explicarse con cuidado, por detallarse mejor. A veces solo es lo que es. Y sostener esa verdad sin adornos también cansa.

Después de decidir, una camina desarmada. No hay grandes consignas que protejan ni discursos que amortigüen el impacto. Se camina por el paisaje real de las consecuencias: conversaciones difíciles donde las palabras parecen piedras, silencios que se instalan como un mueble más, objetos que cambian de lugar y dejan un fantasma de polvo, rutinas que se desinflan y revelan su esqueleto. Todo sigue existiendo, pero de otra forma. Más frágil. Más expuesta. Es el desmontaje minucioso de una intimidad.

Algunos de estos días he avanzado con una eficiencia extraña, resolviendo lo práctico como si eso bastara: horarios, decisiones mínimas, mensajes necesarios. Y otros momentos todo se vuelve lento, torpe, vulnerable. Como si cada paso requiriera aprender de nuevo a caminar sobre un suelo que ya no es firme. No hay aprendizaje acelerado ni versión digna de este tránsito. Solo una adaptación en curso, llena de contradicciones.

No me siento heroica. Tampoco particularmente valiente. Me siento responsable. Elegirme no me hace mejor persona, pero sí me obliga a no seguir sosteniendo una versión de mí que ya no puedo habitar sin resentimiento. Eso también es una forma de cuidado, aunque no tenga buena prensa ni garantice comprensión.

Caminar así implica renunciar a la fantasía de salir ilesa. Asumir que habrá incomodidad, culpa, preguntas sin respuesta. Que no todo sea cerrado bien ni a tiempo. Que no siempre habrá palabras correctas ni gestos suficientes. Y aun así continuar.

No sé qué sigue ni cómo se acomoda lo que viene. No tengo una narrativa luminosa ni una promesa de bienestar inmediato. Tengo dudas, cansancio, momentos de firmeza y otros de fragilidad. Pero hay algo que empieza a ordenarse, aun sin calma: dejé de querer que todo encajara.

Es no retroceder.

Pero no es alivio.

Tampoco es triunfo.

@perlavelasco

 

NH/I

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