Hay años que no se cierran, se repliegan. No terminan, se quedan doblados en algún cajón interno, como cartas que no sabemos si volveremos a leer. El calendario insiste en avanzar, pero el cuerpo no siempre acompaña. A veces lo único que cambia es el número y la manera en que aprendemos a sostenernos.
Durante los últimos años viví con la sensación de estar desfasada del mundo. Como si todos hubieran recibido un manual que a mí se me extravió en el camino. Dormir mal, pensar de más, dudar incluso de lo que antes parecía firme. No era una crisis ruidosa ni espectacular; era una erosión lenta. Esa forma de cansancio que no necesariamente se nota desde fuera, pero que por dentro va desmoronando certezas, confianza, incluso el deseo de seguir empujando, y opta más por abandonarse.
Hay un punto –siempre lo hay, aunque no lo veamos en ese momento– en el que una entiende que seguir apretando los dientes ya no es una opción. Que la voluntad no alcanza. Que la autosuficiencia, tan celebrada, también se agota. Pedir ayuda no llega como una revelación, sino como un gesto torpe, aprendido a la fuerza. Un reconocimiento incómodo que dice “no puedo sola, no quiero sola, no debería sola”.
Vivimos en un mundo que glorifica la resistencia individual. Se aplaude a quien aguanta, a quien no se quiebra, a quien “sale adelante” sin molestar a nadie. Nos enseñaron que necesitar es una falla, que apoyarse es una forma de debilidad, que mostrarse vulnerable equivale a perder valor. Pero aceptar la red –de personas, de afectos, de cuidado– es un acto de humildad radical. Implica desmontar la fantasía del yo autosuficiente y admitir que la vida, en realidad, siempre ha sido colectiva.
Sostenerse no siempre significa avanzar. A veces es quedarse quieta, revisar, reevaluar decisiones, preguntarse por qué ciertas exigencias siguen ahí cuando ya no sirven. Priorizarse no es una consigna de bienestar ni una frase bonita para redes sociales: es una práctica incómoda, llena de culpa (mucha culpa), que exige renunciar a versiones de una misma que fueron útiles alguna vez, pero que hoy resultan inviables.
En ese proceso, la red aparece de maneras inesperadas. No como un rescate heroico, sino como una presencia constante. Mensajes que preguntan si comiste, un café después de una noche horrible, un abrazo solo porque sí. Personas que no intentan arreglarte, pero se quedan. Que no ofrecen soluciones rápidas, pero escuchan sin apuro y sin juicio. Que no te exigen estar bien para merecer compañía. En un tiempo que valora ser eficiente incluso en los vínculos, en el duelo, en el momento en el que estamos más rotos o dolidos, ese tipo de presencia es profundamente política.
Aceptar la red también implica aprender a recibir. Dejar de justificar el cansancio. No explicar de más. Confiar en que el afecto no es una deuda. Que el cuidado no se devuelve en la misma moneda ni en el mismo tiempo. Que estar sostenida no te hace menos capaz, sino más humana.
Hoy no tengo grandes conclusiones. Hay días en los que todo pesa y otros en los que la claridad asoma, breve, como un descanso. La vida no se resuelve en ninguno de esos extremos, sino en la franja intermedia donde seguimos intentando sin garantías, aprendiendo a habitar la incertidumbre sin castigarnos por no tener respuestas.
No sé exactamente hacia dónde voy. Pero sé algo: me quiero medir menos por la prisa y la expectativa. Camino más lento; sí, seguro que, con menos certezas, pero también con más cuidado. Y, por ahora, eso no solo es suficiente. Es necesario.
Así que sigo. No heroica, no resuelta, no inspiradora. Sigo como puedo, con lo que hay, con lo que tengo. No sé si esto es avanzar o simplemente dejar de pelear conmigo, pero por ahora me basta. Y si no encaja, si incomoda, si no es suficientemente admirable, no pasa nada. Ya no es asunto mío.
Y eso lo estoy aprendiendo.
También.
jl/I









