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Cinco libros para el descanso

Confieso que he leído. Confieso también que, por primera vez, he intentado poner orden en mis lecturas. No con la disciplina ni la constancia que me gustaría, pero sí con un gesto mínimo de voluntad. Descargué una ‘app’ para registrar los libros que llegan a mis manos y medir, aunque sea de manera imperfecta, su avance.

En otras ocasiones, sobre todo en momentos de ansiedad, me da por buscar libros en la web, en chatbots o en los grupos de la Pirateca. Supongo que es una deformación profesional: soy profesor y periodista, y busco llevar a mis alumnos lecturas actuales para discutir problemas clásicos y contemporáneos.

Aunque avancé mucho en las lecturas del año, lo cierto es que la cosecha de la FIL nunca se acaba. De ese ejercicio sale esta breve selección. En esta última columna del año quiero hablar de algunos libros que me hicieron buena compañía.

1. ‘El olvido que seremos’, de Héctor Abad Faciolince

No lo recomiendo leer en público. Y menos al aterrizar en un avión, uno acaba limpiándose las lágrimas y preocupando al pasajero de un lado. Esta historia real reconstruye la identidad de un hijo a partir de la figura luminosa y trágica de su padre: un médico humanista, liberal y profundamente ético, asesinado en la Colombia atravesada por la violencia política. Es un soliloquio de recuerdos donde la infancia aparece como un territorio herido. La frase que lo resume todo: “La felicidad está hecha de una sustancia tan liviana que fácilmente se disuelve en el recuerdo”.

2. ‘Apegos feroces’, de Vivian Gornick

Madre e hija caminan por las calles de Nueva York mientras se reclaman la vida que les tocó después de la Segunda Guerra Mundial. Ella, una joven que se forma como escritora y encuentra en el periodismo una forma de pensar el mundo; la madre, marcada por las opresiones de la época, entre el abandono y la precariedad. Entre ambas, una batalla emocional donde la emancipación intelectual duele. Un libro ferozmente honesto.

3. ‘La carne’, de Rosa Montero

La historia de las últimas veces. Una mujer cercana a la jubilación se enamora de un hombre mucho más joven y se permite desbordar pasiones en un mundo hipermoralizado. Montero escribe con ironía y valentía sobre el deseo, el cuerpo y el miedo al paso del tiempo. Divertidísimo y lúcido es un recordatorio de que el amor también puede ser un acto de rebeldía.

4. ‘El invencible verano de Liliana’, de Cristina Rivera Garza

El homenaje más doloroso y amoroso a la hermandad. Rivera Garza entrecruza periodismo, ensayo y una carta íntima para narrar el feminicidio de su hermana. El libro nos lleva por todos los registros emocionales posibles: rabia, angustia, ternura, memoria. Es una obra imprescindible para pensar la violencia desde la escritura.

5. ‘La palabra que aparece’, de Enrique Díaz Álvarez

Esta elección tiene sesgo, y lo asumo. En los últimos años he dedicado muchas lecturas al cruce entre periodismo y memoria. Díaz Álvarez propone pensar el testimonio como acto de supervivencia y acción política. El lenguaje como generador de identidad, y el testimonio como urgencia ante la soberbia del poder.

Que tengan felices lecturas. Nos vemos en enero.

omar.garcia@udgtv.com

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